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“La fe, manantial de futuro”

Homilía en la misa retransmitida por RTVE, 28 de junio de 2020, Colegio Stella Maris La Gavia (domingo de la decimotercera semana del tiempo ordinario, ciclo A)

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1. La primera lectura narra lo ocurrido al profeta Eliseo con aquella mujer, rica e influyente. Parecía tenerlo todo. “¿Qué podemos hacer por esta mujer?” Es difícil dar algo a quien vive en la abundancia, sorprender a quien controla cada aspecto de su vida. También a nosotros, hombres modernos, nos sucede algo similar. No nos falta nada, todo está bajo control. Y si hay problemas, buscamos en nosotros los recursos para resolverlos.

Algo falta, sin embargo, a la mujer: “no tiene hijos”. Lo tenía todo, menos un futuro, y entonces le faltaba todo. Pues el hombre es ser futurizo. Vive ya de lo que viene. El futuro es como el aire con que respira. ¿No es esto lo que falta también a nuestra sociedad? Un cardenal italiano describía así su ciudad, Bolonia: “saciada y desesperada”. Extraño, porque quien está saciado ya lo tiene todo. Pero es el misterio del hombre. Cuando le falta el horizonte del “más”, todo le parece poco.

La mujer entiende que el profeta es un hombre de Dios, y le acoge. Como dice Jesús en el evangelio: ha acogido a un profeta, le toca paga de profeta. El profeta es el hombre que habla en nombre de Dios, y por eso posee un futuro nuevo. Así será la paga de la mujer. Tendrá un hijo, tendrá un futuro.

A esta luz podemos preguntarnos: ¿qué añade la fe a nuestra vida y a nuestra sociedad? Unos responderán: seguridad, consuelo ante las pérdidas, fortaleza... La historia de Eliseo responde: añade futuro. Así es. Dios es Creador del mundo. Y si Él empezó el mundo de la nada, entonces tiene poder para recomenzar el mundo, cada vez que nos parece que está destinado a hundirse en la nada. Quien no tiene a Dios está condenado a repetirse.

Este poder de la novedad se esconde en cada nacimiento de un niño. Nuestra sociedad, saciada y desesperada, ha perdido la novedad del nacimiento. Lo ve como la proyección del propio deseo. Reduce el hijo a sus propios planes. Y por eso se termina cansando de tener hijos. Un escritor francés ha expresado así esta paradoja: tenemos en nuestra sociedad bienes como no los ha tenido ninguna otra. No solo bienes materiales, sino una visión más clara de la dignidad de la persona, de la participación en la política, de la solidaridad... Y, sin embargo, no pensamos que esos bienes sean tan grandes como para transmitirlos a otros.

Es que para esto hace falta un don nuevo. Creer en Dios Dios significa aprender, no solo a apreciar los bienes, sino a apreciarlos como dones suyos, como dones que vienen de un manantial. Por eso quien cree entiende que esos dones tienen que seguir corriendo, corriente abajo, vivificando. Quien cree en Dios tiene futuro, porque entiende que los dones están para transmitirlos, como se echa la semilla en tierra, esperando que madure.

2. En el Evangelio Jesús habla de la bondad de acogerle en nuestra vida. Ahora la pregunta se agudiza. No se trata de que Dios se haga presente, sino de que tome la prioridad. Parece exagerado: quien ama a su padre o a su madre más que a mí... quien ama a su hijo o a su hija más que a mí... ¡no es digo de mí...! Napoleón decía que él, como emperador, jamás habría osado pedir amor a sus soldados, y menos este amor extremo. Son palabras que solo se pueden aplicar a alguien que nos ha mediado la presencia de Dios de una forma única, porque Él mismo es Dios. Y entonces sí se pueden entender.

Amamos a nuestros padres porque son el origen de todo nuestro bien. Y Jesucristo nos dice: sí, honra a tus padres, recuérdales con gratitud. Pero recuerda también que ellos te pudieron dar la vida porque yo rescaté de nuevo, con mi muerte y resurrección, el plan del Padre Creador, manantial de toda vida.

Y esto se aplica también a los hijos. Pues amamos a nuestros hijos porque vemos en ellos la promesa de una vida más grande que la nuestra. Y es Jesús, con su resurrección, quien nos garantiza que nuestros hijos no están condenados a repetir nuestra vida. Pues quien cree en Cristo sabe que la meta de todo es configurarse al resucitado, a la novedad sin pausa de su carne unida a Dios. Por eso Fray Luis de León llama a Cristo el pimpollo (o brote) de la creación.

Esto quiere decir que solo si amamos así a padre y madre, entonces les amamos de verdad. Si pospones a Dios, si pospones a Cristo, el amor a padre y madre, a esposo e hijo, es un amor sin fundamento y sin esperanza. ¡Cómo cambia entonces, anteponiendo a Dios, la mirada sobre los seres queridos! Pues al acogerle en nuestra vida entendemos que en ellos hay un misterio. No mucho más de lo que vemos. Son amados de Dios, son capaces de dar fruto para Dios, Dios espera en ellos.

3. Pimpollo, esa palabra que Fray Luis de León aplicaba a Cristo, significa también “brote”, símbolo de esperanza siempre nueva. Hoy la palabra “brote” (o “rebrote”) infunde pavor. Y la cuestión de la fe se vuelve a plantear en este momento difícil: ¿es posible seguir esperando en un futuro nuevo, a pesar de la pandemia?

El hijo de aquella mujer que fue hospitalaria con Eliseo, morirá poco después. “¿Te había pedido yo un hijo?” se queja ella entonces. Pero Eliseo, signo de Jesús, lo resucita. El gran rebrote es Cristo resucitado: un rebrote de vida, no de muerte. Pues Él vino al mundo a dar testimonio de Dios como manantial originario, es decir, como Creador y Padre: “el que me recibe, recibe al que me ha enviado...”

Si podemos acoger a Cristo como aquella mujer acogió a Eliseo, es gracias al bautismo, del que habla hoy san Pablo. Pues en el bautismo no solo acogemos a Jesús, sino que, como ella, le hacemos una morada dentro de nosotros. Dios no solo quiere pasar por nuestra vida, quiere habitar y quedarse. Y lo mismo en nuestra sociedad. Es necesario, no solo que Dios inspire de vez en cuando lo que hacemos, sino que tome morada, que de forma a nuestro modo de vivir y relacionarnos, a nuestras prácticas.

Si Dios se queda en el bautismo, entonces el bautismo no es solo un poco de agua que limpia, sino un manantial de limpieza. Por el bautismo tenemos dentro al rebrote continuo de la vida, contra el que no puede vencer ningún rebrote del mal. Pues, además, el bautismo brota precisamente en medio de una muerte, que se ha transformado en muerte por amor, y desemboca en vida. Entendemos entonces que este tiempo difícil nos abre a un futuro más grande, como a Jesús su muerte le abrió el futuro definitivo de la resurrección. Por eso podía decir san Agustín: “¿te quejas de que el tiempo es duro? Más duro eres tú, que no te conviertes ni siquiera ante la dureza de estos tiempos”.

Dice hoy el Evangelio: Un vaso de agua fresca, dado en nombre de Jesús, no quedará sin recompensa. ¿Por qué agua fresca? El agua fresca es la que brota del manantial. Nos recuerda a la fuente. El agua es el don más sencillo y simple, signo del Creador que cuida de los hombres haciendo llover sobre ellos. Agua fresca quiere decir agua del manantial. Damos agua fresca cuando mostramos que Dios es origen de todo don, y ayudamos a que ese don, a su vez, se transmita, siga corriendo. Esta agua fresca nos recuerda un verso de san Juan Pablo II, cuyo centenario celebramos este año jubilar suyo. Él entendió su vida como un camino, hacia arriba, hacia el manantial de montaña, hacia el Padre: “¿Adónde estás, fuente? Déjame probar la frescura de tus aguas vivificantes”.

Demos a los hombres este vaso de agua fresca, que brota del manantial de Dios y crece cada vez que se comunica. Seremos dignos de Cristo y tendremos por recompensa su mismo futuro.

 

José Granados

Superior General de los Discípulos de los Corazones de Jesús y María

 

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