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Capilla Magníficat de Adoración Eucarística

Parroquia St. Mary en Littleton, Colorado USA, 2013

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La Cena Eucarística

El mural en la pared representa en primer lugar la Última Cena, que continúa en la Iglesia en cada Santa Misa, en la cena eucarística. Cristo está vestido con ropa brillante, una túnica blanca y un manto dorado. Nos bendice con su mano derecha. El cáliz dorado contiene el vino de la nueva alianza, que es su sangre.

Jesucristo

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Al ofrecerse a sí mismo en el sacrificio de la cruz, Cristo revela el misterio del amor del Padre. Por esta razón, en el halo dorado de nuestro Señor con la cruz roja, vemos el nombre que fue revelado por Dios a Moisés. (“Yo soy el que soy.” ”: O WN; Éxodo 3,14). A lado derecho e izquierdo del halo está escrito el nombre de Jesús, Dios nos salva (en su forma griega abreviada IC XC; las primeras y las últimas letras de “Jesucristo”: Ιήσους Χριστός).

Las manos de Cristo y el costado traspasado nos recuerdan su pasión. Después de su resurrección, él se aparece a los discípulos y les dijo: “Paz a vosotros. No temáis. Mirad mis manos y mis pies: soy yo en persona.” (Lc 24,36-39)

Estas heridas son el testimonio de su gran amor por nosotros. Ellas son una invitación a la gratitud porque lo que vemos no es algo del pasado, algo que pasó hace 2000 años, sino que contemplamos aquí el misterio del tiempo presente: Hoy Jesús se ofrece a sí mismo. Hoy Jesús. El que murió y resucitó de entre los muertos, está orando por nosotros. Hoy estamos llamados a participar en su amistad y vida.

Por esta razón Jesús tiene las heridas de su pasión. Son un recordatorio de su amor triunfante, y una invitación a seguirlo.

Dios nuestro Padre

God_the_Father.jpgPero no podemos entender a Jesús sin el que le envió. Jesucristo es el Hijo de Dios. Desde lo alto, por encima de Cristo, vemos una mano en el cielo. Es la mano de Dios Padre en un gesto de expresión. El Padre está enviando a Jesús, la Palabra Eterna.

El Espíritu Santo

Chalice.pngBread.jpgJunto con el Padre y el Hijo también podemos ver al Espíritu Santo. ¿Dónde? Su presencia santificadora está presente en la luz dorada alrededor de las figuras y el oro en el cáliz, el pescado y el pan partido en el altar. Él transforma el pan y el vino en el cuerpo y la sangre de Cristo. En el techo, el Espíritu Santo está presentado por la imagen de la paloma.

La Madre de Dios y el chico

Para entender el misterio de Jesús, contamos con la ayuda de los primeros cristianos:

María, la Madre de Dios. Su mano izquierda está en su corazón. Ella contempla y guarda en su corazón las palabras y acciones de su Hijo (Lc 2,19). Ella es la primera discípula del Corazón de Jesús.


capilla_Santisimo.Denver.20131.conjunto.jpgSu manto tiene tres estrellas de oro: en la frente y en los hombros. Representan la sombra del Espíritu Santo. Por esta razón nos recuerdan el misterio de la virginidad perpetua de María, antes, durante y después del nacimiento de Jesús.

Pero María no está sola. Ella va hacia Jesús con un chico el cual ofrece sus dones a Jesús (Jn 6,9-10). María lleva al chico a la presencia de Cristo. Este chico somos tú y yo. Ella nos invita a ofrecer a Jesús nuestras familias y vidas -el pan y el pescado- para que él pueda transformarlos y llenarlos de su presencia.

El chico es la única figura sin un halo. Nos representa a nosotros, peregrinos en el camino hacía Cristo, nuestra fuente de santidad. Como en Caná, María invita al chico (y a nosotros): “Haced lo que él os diga.” (Jn 2,1-12). María nos enseña el camino de la confianza y la obediencia por el que ella misma caminó. “He aquí la esclava del Señor. Hágase en mí según tu palabra.”

Y, ¿qué nos está diciendo Jesús que tenemos que hacer? La respuesta está en el lado derecho del mural: “No temáis. Seguidme.” Estamos invitados a convertirnos en sus discípulos.

Los discípulos

Veamos ahora a los discípulos. Pedro, Santiago y Juan representan la presencia de los apóstoles alrededor del maestro en la última cena. Estos tres son los discípulos más cercanos de Cristo. Ellos son los elegidos para ser testigos de la transfiguración de Cristo en el monte Tabor y de su pasión en el jardín de Getsemaní. Nos recuerdan las palabras del Señor inscritas en el borde del altar: “El que se permanece en mí y yo en él, ese da fruto abundante.” (Jn 15,5). Permanecer en él significa cuidar de nuestra relación personal con él en la oración, en el trabajo y en el hogar. Debemos estar cerca de Él en nuestras relaciones. Como los discípulos estamos llamados a ser sus amigos.

Peter.jpgPedro, que se representa con las llaves a la izquierda de Cristo mira a nuestro Señor y eleva sus manos en oración y se maravilla ante el milagro. Como en el monte Tabor, durante la Transfiguración, Pedro parece decir: “Señor ¡Qué bueno es que estemos aquí! Si quieres haré tres tiendas…” (Mt 17,4)

John.pngJuan, es el discípulo amado. Él se reclina en contemplación con su cabeza en el corazón de Cristo. Nos enseña a dirigir nuestros ojos hacia el misterio de su amor. Con Juan nosotros nos convertimos en discípulos de Jesús: él se ha reclinado en el pecho de Jesús y ha recibido de Jesús a María para que sea su madre.

James.jpgSantiago, a la derecha del altar levanta sus ojos y su mano derecha hacia el Padre. En gratitud reconoce al Padre como fuente de todo lo bueno y perfecto (Santiago 1,16) quien envía desde el cielo al Espíritu Santo sobre los dones eucarísticos.

Mural del techo

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Nuestra adoración eucarística está unida a la liturgia celestial, representada en el mural en el espacio curvo del techo de la capilla. En el centro vemos a Cristo, representado como el Cordero. Como Juan el Bautista proclamó, Jesús es el cordero de Dios que quita el pecado del mundo. En el libro del Apocalipsis leemos acerca del Cordero que fue asesinado y se encuentra triunfante sobre el libro con los siete sellos (Ap 5,6). A los dos lados del Cordero vemos doce ovejas caminando hacia Cristo. Nosotros somos las doce ovejas. Nuestra vida es una peregrinación. Caminamos en nuestra vida diaria hacia nuestro amigo y Salvador, Jesucristo.

Las ovejas salen de dos ciudades- Belén y Jerusalén- cada una con un cordero dorado que simboliza una Iglesia sobre sus puertas. Las cortinas corridas en cada puerta son un signo del misterio revelado en Cristo.

Bethlehem.jpgBelén, la ciudad visitada por los Magos, representa a la Iglesia de los gentiles.

Jerusalem.jpgJerusalén, la ciudad de David, representa a la Iglesia del pueblo escogido de Israel. Juntos, formamos una Iglesia.

Encima del Cordero de Dios, podemos ver la paloma del Espíritu Santo. HolySpirit.jpgPodemos caminar hacia nuestro Salvador movidos por el Espíritu, que se ha posado sobre la Iglesia desde Pentecostés. Bajo la procesión de ovejas hacia Cristo, el Cordero de Dios, leemos su invitación: “Venid a mí los que estáis cansados y agobiados, que yo os aliviaré. Tomad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí que soy manso y humilde de corazón y encontraréis descanso para vuestras almas”. (Mt 11,28-29)